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Para chorretes de los grandes eran los que traíamos en las piernas después de jugar en la Huerta el Olmo o en la fuente o cuando veníamos de hacer chocolatadas. Entre el barro y el agua, cojían un color marron oscuro y hasta relieve.
Cuando llegábamos a casa, la abuela ya había jalbegado y había puesto sábanas blanquísimas en las camas, y con una simple orden y una mirada implacable, nos enviaba al corral a lavarnos las piernas y las manos en el balde, con aquel jabón que ella misma había fabricado, con sebo y sosa, y un estropajo de esparto que casi te arrancaba la piel.

Autor: 
El Arrabal