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Ejes tubulares de queratina insertados en el folículo de la piel de las aves, de los cuales nacen las plumas.
Cuando mi abuela quería preparar pollo para comer, me “mandaba” que la ayudara en el gallinero para coger el pollo que había elegido. Lo llevaba a la cocina, lo sujetaba el cuerpo entre su costado y el antebrazo y con la mano izquierda la cabeza, luego le hacía un corte con el cuchillo, en la nuca, bajo la cresta y lo mantenía en la posición cabeza abajo hasta que toda la sangre caía en la cazuela.
En una olla grande, ponía agua a calentar y metía el pollo, (ya muerto, claro) y con cuidado para no quemarse, le sacaba las plumas. Después pasaba el pollo por el fuego, para chamuscarle las plumas que quedaban y los cañamones adosados al pellejo, quitando con un cuchillo los que no se habían ido al flamear.
Ya estaba listo para abrirle la panza y sacarle las tripas, y si era gallina, buscar en sus entrañas el colgajo amarillo de huevecillos arracimados.
No penséis que nos referimos a la época en que Morcuera era casi una autarquía apoyada en la economía del intercambio, sino, a un poco antes de que el pollo llegara a casa en la bandeja de porexpán, ya muerto, desplumado, destripado, limpio… y si queremos, también cocinado.

Mi abuela decía:

“Quien nace afortunado, le ponen huevos hasta los gallos; y quien nace para ruina, ni las gallinas.”

Autor: 
El barranco Valdilongo