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Trozo de baldosa convenientemente trabajado hasta convertirlo en silbato. La idea era fabricar un instrumento capaz de imitar los potentes sonidos que emitía el pastor para controlar a las ovejas.
Primero había que encontrar un trozo de baldosa con capa de esmalte blanco, modelarlo y pulirlo rozándolo contra una piedra hasta conseguir la forma redondeada un poco mayor que un semicírculo.
No era fácil trabajar aquel material, y podíamos pasar un día entero trabajando sin conseguir casi nada.
Más tarde, a fuerza de arañazos con una punta, se hacía una ranura en la parte plana del semicírculo. Finalmente, era necesario hacer un agujero que atravesase la baldosa por donde estaba la ranura. Esta operación era muy delicada; la baldosa se iba desgastando con el roce de la punta metálica, pero para la capa de esmalte había que dar un golpe, y no pocas veces se rompía, con lo cual la labor de muchos días no servía para nada.
Tras algunos intentos, conseguí un chiflo, que dejaba sorda a mi abuela a tres metros de distancia.
Un día en la escuela estaba hablando con mi compañero de pupitre mientras le enseñaba el chiflo
A ver, ¿qué tienes ahí? Me preguntó el maestro.
Cabizbajo, fui hacia su mesa, donde me hizo vaciar el contenido de los bolsillos: Tres cromos, el tiragomas, una cuerda, una caja de cerillas vacía, y …el chiflo.
- ¡Hombre el chiflo!. ¡Con las ganas que tenía yo de pillarte este silbato! -dijo el maestro-. Lo demás puedes llevártelo, el silbato me lo quedo yo.

Autor: 
El barranco Valdilongo