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Despues de la merienda, y de recitar:

"bebamos, bebamos, que bien razonalejoncillonados estamos...",
íbamos por las eras, y ni con los candiles de aceite, veíamos donde poniamos los pies. Por los agujeros de las albarcas, nos pinchaban los cardos, pero despues de beber el fresco vino de las bodegas, tampoco nos dabamos mucha cuenta. Tampoco nos dimos cuenta de todas las cagarrutas que pisamos, que por suerte ya estaban secas. Acabamos en "La Huerta El Olmo", refrescandonos en la pila de lavar y escuchando como hablaban entre sí los escuerzos. Menos mal que no nos picó ninguna sangüijuela que nadaba por allí.

Autor: 
El Arrabal